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Perú y su democracia envilecida

Los continuos gobiernos fallidos que hemos tenido en la última década están sirviendo como caldo de cultivo para el resurgimiento de movimientos políticos filos terroristas que buscan la desaparición de nuestro sistema democrático. No sorprende, por ello, que haya quienes sostienen su desprecio a la democracia por considerarla inevitablemente caótica, utópica o inaplicable, y que busquen promover antiguas formas de autoritarismo. Lo que el descrédito de la democracia supone es la sospecha platónica y aristotélica de que el pueblo no siempre sabe lo que le conviene y que, por tanto, es incapaz de decidir, de manera racional y argumentativa, en qué clase de sociedad desea convertirse. Se presume que cualquiera que resulte elegido será igualmente inapropiado, o bien porque encarnará los intereses de grupos de poder que se justifican mediante nubes de palabras huecas, o por su simplona competencia.

Muchos entienden como democracia, el hecho de que una persona con uso de razón y que no esté al margen de la ley pueda elegir y ser elegido libremente. Eso es ciertamente necesario, pero no suficiente, porque no sería democrática una sociedad cuyo gobierno, elegido libre y universalmente, atropellara a una minoría. También se cree que la democracia exige que los gobernantes y representantes electos sean los más característicos de la idiosincrasia nacional. Eso es cuestionable, pues podría elegirse a los más “estandarizados” y no necesariamente a los mejores.

Entonces, ¿qué es la democracia? ¿Cómo es posible recuperar la confianza en ella? en mi concepto la democracia se funda en un compromiso moral y jurídico entre iguales que no necesariamente coinciden en su concepción de la sociedad, pero que están dispuestos a dialogar para tomar decisiones que beneficien a la mayoría, es también una actitud mental que nos permite escuchar las opiniones críticas del otro, no para combatirlo mejor sino para aprender del elemento de verdad que hay en su posición discrepante. Los hábitos democráticos son a una sociedad como la decencia y los buenos modales a los individuos.

Al mismo tiempo esta idea de democracia encierra otras interrogantes ¿Cómo podría la mayoría saber quiénes son los más adecuados para gobernar? Con frecuencia la mayoría se equivoca, pero una sociedad verdaderamente democrática debe tener mecanismos que reduzcan la posibilidad del error. Por ello tenemos la responsabilidad como sociedad en su conjunto de formar ciudadanos con mentalidad crítica y no estereotipada, si no lo hacemos, no podremos reprocharles por escoger mal. El bienestar individual depende del bienestar colectivo y suponer que uno puede estar bien en una sociedad que anda mal es una falacia.  No se puede elegir sistemáticamente a malos gobernantes y luego culparlos por sus pésimos gobiernos. El responsable no es solo quien gobierna, sino quienes con sus votos lo pusieron en ese aprieto.

Una verdadera sociedad democrática debe generar en los electores criterios para elegir bien a sus gobernantes. Esto es, en gran medida, responsabilidad de los grupos dirigentes, si estos no son conscientes de esa responsabilidad no podrán después culpar a individuos aislados si el país se vuelve realmente inviable e invivible, neologismo inventado para designar a un tipo de sociedad en la que una persona preferiría no vivir.

Lamentablemente nuestras clases dirigentes rara vez han desempeñado un papel pedagógico, por el contrario, de la mano de medios de comunicación inescrupulosos buscan beneficiarse con la inexperiencia de la mayoría, pues consideran que es más fácil obtener el apoyo popular manipulando antes que formar conciencias críticas en la ciudadanía.

Pareciera que estamos entrampados en un círculo vicioso, elegimos gobernantes mediocres cuyas malas decisiones terminan reforzando los malos criterios de elección. Quienes han perdido la fe en la democracia piensan que la única manera de romper este círculo es destruyendo el sistema en base a la violencia, buscando instalar dictaduras, ya sean de izquierda o de derecha. Pero esto es ciertamente peor, porque las dictaduras no forman ciudadanos, solo crean promociones de individuos irresponsables y demandantes, así como dependientes y pasivos frente al destino de la sociedad, y cuando un país abandona la tarea de educar a su gente está siguiendo la ruta del desastre.