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Cuando la estupidez se hace pandemia

Es sólito que en épocas de gran conmoción no pocas autoridades, en lugar  de tomar decisiones justas en un marco de pulcra discreción, sean tentados por el protagonismo y prefieran, sin rubor, la espectacularidad a la eficacia, en las medidas a adoptar.

Obviamente, la inoperancia para enfrentar la crisis acicatea esta frívola vocación. Como si el fracaso descarnado en la realidad, pudiera ser paliado por la grandilocuencia o el despliegue múltiple de poses ditirámbicas. 

En el Perú, el  corona virus desnudó las insondables carencias del sistema de salud pública y la debilidad congénita del estado para ofrecer una asistencia básica a la población. Se trata de una ineficiencia histórica, pero agudizada últimamente. Pese a los estados financieros positivos, la incapacidad gubernamental no ha invertido en salud. Y, ahora, además de la falta de instalaciones hospitalarias, andamos a ciegas para detectar los focos de infección.

Este déficit estructural no se salva con discursos oficiales. Ni prohibiendo su cuestionamiento legítimo. Menos aún, exagerando las medidas punitivas para una inmovilización que no podrá extenderse indefinidamente, sin tomar en cuenta las penurias de millones de peruanos, ajenos a todas protección y subsidio estatal.  

Lamentablemente, este fatídico escenario es campo fértil para la pandemia de la estupidez gubernamental. Ahí están los alcaldes, en su loca carrera por figurear bloqueando distritos, decomisando inoportunamente, disponiendo corruptamente las partidas recibidas. Así mismo, las acciones policiales contra las mascotas, los borrachos de siempre y sus fastuosos operativos en zonas  descampadas, para solaz de la prensa oficialista. Y el sinnúmero de cosas que vemos a diario por la televisión parametrada.

El nuevo Congreso no ha querido rezagarse. Y descuenta ventaja aprobando una ley que perjudica a las AFP, pero que se congracia con la población. Rebatir con argumentos como quieren funcionarios y financistas es utópico. No existen condiciones para un debate en serio.

El proceder gubernamental ha destruido los espacios para la comunicación inteligente y el entendimiento racional. Una lógica aviesa, populista y demagógica, ha capturado la esfera pública. No pidamos a los congresistas, que perciben como su tiempo se disuelve, que ofrezcan razones sustentables. ¡No!. Su necesidad de sobrevivir políticamente pesará más, sin duda alguna. ¡Quizás estemos ante la tónica del quehacer político en el futuro!.