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¡A este paso … todos seremos ambulantes!

Junio es el vértice temporal del giro que se viene produciendo en la escena político nacional. En tanto afloja la voluntad oficialista frente al coronavirus, insurgen las reprimidas demandas socio-económicas, con ímpetu insospechado. El Gobierno capitula en defender la salud pública, abandona a la población y libera la pandemia. Pero sus nefastas decisiones ya destrozaron al aparato productivo, quebraron los circuitos comerciales y ocasionaron la pérdida de millones empleos, sin lugar a dudas.

Esta catástrofe económica ha sido minimizada con el argumento melifluo  de preferir la salud a la economía. Bajo esta falsa bandera se decretó una irracional cuarentena –intempestiva, absoluta y coercitiva– responsable de los estragos mencionados. La misma que no ha impedido ascender al top ten mundial de los países más contagiados, al aproximamos a los cien días del asfixiante encierro.

Para el oficialismo, confinar indefinidamente al Perú informal no implica condenarlo a muerte por inanición. Nunca entenderá el desborde masivo de la cuarentena, ni las calles ocupadas para sobrevivir. Estos funcionarios, que reciben las canastas de los más pobres, sin sonrojarse, son los indolentes que ponen trabas injustificadas para reabrir los centros de producción y comercio. Con sus protocolos infernales, costumbres abusivas, reglas absurdas y prácticas corruptas, levantan una muralla insalvable para la reconstrucción del país.

Los errores en la política sanitaria parecen haber saltado a los predios de la reactivación económica. En lugar de apoyarse en los sectores productivos, confiar en la iniciativa de la gente, apostar por el país sin distinciones, aplican medidas burocráticas ajenas a la realidad, recelan de los agentes económicos y dejan a las grandes mayorías en la intemperie. Ahí están las denuncias sobre el uso discriminatorio de los fondos de “Reactiva Perú”, la representación diminuta de los empresarios (inexistente para la pequeña y micro producción), en la instancia consultiva de reactivación, los reglamentos irracionales y contradictorios, el olvido flagrante de las actividades informales.

Con la pandemia encima y sin políticas para enrumbar al país, la crisis nos envolverá en la incertidumbre y la desesperación. La destrucción sistémica de los pequeños negocios, intensivos en mano de obra –que nos preservaron otrora del colapso económico– conduce al empobrecimiento generalizado, a la economía de sobrevivencia. Volveremos a épocas que creíamos superadas.

Sin embargo, no será el único horizonte. La impericia de las autoridades, lejos de comprender, pueden atizar estos problemas. Bastará algún exceso represivo, desliz político o escándalo grotesco, para incendiar la pradera nacional.