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El retorno de Cameron Díaz

Fue una de las estrellas mejor pagadas de los noventa, se ganó el favor del público y de la crítica, luego los perdió y decidió irse antes de que la echaran. Ahora desafía al ‘edadismo’ de la industria volviendo justo en el momento en que suele dar la espalda a sus actrices

En Traigan los caballos vacíos, una colección de anécdotas sobre su carrera en Hollywood, David Niven cuenta la historia de la actriz y directora Alice Terry, “un espíritu alegre y libre cuya debilidad era comer pasteles de crema”. Cuando los jefes de su estudio la reprendieron por echar a perder su figura les respondió: “Muy bien, ganaré un millón de dólares tan rápido como pueda, luego me retiraré y comeré pasteles de crema”. Lo ganó a los 33 y cumplió su promesa. Se retiró de la interpretación a pesar de ser una de las estrellas favoritas del público.

A Cameron Diaz (San Diego, 1972) no la apartó del cine su afición a la repostería. Tampoco fue un movimiento largamente meditado. Simplemente sucedió. Tras protagonizar en 2014 el remake de Annie junto a Jamie Foxx y Quvenzhané Wallis, no ha vuelto a aparecer en ninguna película. Pasaron cuatro años hasta que habló de ello, durante una reunión con sus coprotagonistas de La cosa más dulce: Selma Blair y Christina Applegate: “Estoy totalmente fuera. Semijubilada. En realidad, estoy retirada”. Una frase que muchos tomaron como una broma entre amigas, pero lo cierto es que la actriz tenía su agenda vacía, un hecho inaudito para una mujer que había protagonizado más de 40 películas en 20 años. ¿Qué había pasado para que una de las actrices mejor pagadas de la industria desapareciese?

En su vida personal, mucho. En 2015 anunció su matrimonio con Benji Madden, guitarrista del grupo Good Charlotte, tras una relación de siete meses y apenas 17 días de compromiso. Les había presentado Nicole Richie, esposa del hermano de Benji, Joel Madden. Si hubiese una porra de matrimonios efímeros —seguro que la hay en alguna casa de apuestas londinense—, ambas parejas habrían ido en cabeza, pero lo cierto es que sus matrimonios son idílicos, sin rencillas públicas ni escándalos.

Diaz había dado mucho juego a la prensa durante sus relaciones con estrellas como Jared Leto, Alex Rodríguez o Justin Timberlake, pero lo único que conocemos de su actual matrimonio es que que son padres de una niña que nació por gestación subrogada y a la que quieren mantener alejada de los focos. “Queremos proteger la intimidad de la pequeña. No vamos a publicar fotos o compartir más detalles, con la excepción de que es muy, pero que muy linda”, escribieron en sus respectivas cuentas de Instagram tras el nacimiento de Raddix Madden.

La actriz Cameron Díaz, junto a su marido, el guitarrista de Good Charlotte, Benji Madden, en 2016.
La actriz Cameron Díaz, junto a su marido, el guitarrista de Good Charlotte, Benji Madden, en 2016.DONATO SARDELLA

Desde entonces, se ha volcado en su vida familiar. “No me imagino ser madre, en el punto en el que estoy ahora, con mi hija en su primer año, y tener que estar en un plató 14 o 16 horas al día”, contó el año pasado en el programa Quarentined With Bruce.

También ha sucumbido a otra de las grandes aficiones de los famosos: embotellar su propio vino, Avaline, elaborado con uvas del Penedés catalán, ecológico y vegano (en el proceso de elaboración de la mayoría de bebidas alcohólicas se suelen utilizar ingredientes de origen animal, como cartílagos o cola de pescado). Su preocupación por el bienestar se ha materializado en forma de dos libros, Ama tu cuerpo: El poder, la fortaleza y la ciencia para lograr un cuerpo sano y maravilloso y El libro de la longevidad. Según ella, se trata de “una mirada holística, compasiva, informativa e íntima sobre cómo el cuerpo femenino se transforma con los años y lo que podemos hacer para envejecer mejor” (seguro que ayuda ser ricas y tener una genética envidiable).

La sonrisa del millón de dólares

Diaz es hija de padre cubanoestadounidense y madre angloalemana. Nació y se crio en San Diego y a los 16 años un cazatalentos de la industria de la moda la descubrió en una discoteca de Los Ángeles. Cinco años después, debutó en el cine con La Máscara y consiguió robarle el plano a Jim Carrey en una película hecha a medida de su elástica comicidad facial. “Cameron Diaz es un verdadero descubrimiento, una bomba sexual con una sonrisa maravillosa y el don de la sincronización cómica”, escribió Roger Ebert.

En su siguiente taquillazo, La boda de mi mejor amigo (1997) su hiperbólica sonrisa rivalizó con la de Julia Roberts, nos regaló un penoso karaoke para la historia y consiguió que entendiésemos por qué era ella quien se quedaba con el chico y no Julia. Había nacido una estrella a la que era imposible no adorar. En Algo pasa con Mary (1998) ya fue protagonista absoluta. La incorrectísima comedia de los hermanos Farrelly recaudó más de 370 millones de dólares, redefinió la comedia gamberra e inspiró a la escritora Gillian Flynn el arquetipo de “la chica enrollada” sobre el que desarrolló Perdida: “Una mujer atractiva, brillante y divertida que adora el fútbol americano, el póker, los chistes verdes y eructar, que juega a videojuegos, bebe cerveza barata, adora los tríos y el sexo anal y se llena la boca con perritos y hamburguesas como si estuviera presentando la mayor orgía culinaria del mundo a la vez que es capaz, de algún modo, de mantener una talla 34, porque las chicas enrolladas, por encima de todo, están buenas”.

Flynn lo escribió en honor al personaje de Diaz, pero lo cierto es que en esa reflexión hay mucho de la Diaz real. Uno de sus grandes orgullos es haber ganado un concurso de eructos en los Nickelodeon Kids’ Choice Awards imponiéndose a Backstreet Boys y ‘N Sync y, según le contó a Esquire, posee un dispositivo de control remoto que activa los ruidos de los pedos de debajo de los cojines de su casa. “Es lo mejor, el problema es que nunca puedes salirte con la tuya dos veces, así que tienes que pasar a la siguiente persona”.

Daba igual el trazo grueso con el que estuviese definido su personaje o lo esquemático que fuese. “Diaz es capaz de trabajar en tres dimensiones, incluso si su personaje está limitado a dos”, escribió el crítico de The New York Times Dave Kehr. Ese papel le valió el premio a mejor actriz del Círculo de Críticos de Cine de Nueva York, un galardón que desató tanta controversia—las interpretaciones cómicas siempre se infravaloran—que cuando acudió a recogerlo dijo: “La próxima vez prometo actuar”. “Por supuesto, la señorita Díaz había estado actuando, y bastante bien. Simplemente no era el tipo de actuación que tradicionalmente gana premios ya que no implicaba un acento extranjero, una discapacidad física, un problema con la bebida o una enfermedad mortal”, puntualizó Dave Kehr.

Tomó nota. En su siguiente papel aceptó el rito de paso al que todos los guapos de la industria se somenten en algún momento para aspirar a los grandes premios. En Cómo ser John Malkovich (1999) ocultó sus ojos azules bajo unas lentillas marrones y camufló su melena rubia con una encrespada peluca negra para interpretar a la amargada mujer de un titiritero. Irreconocible, consiguió las mejores críticas de su carrera y nominaciones a los Globos de Oro y a los Bafta. Y generó el chisme más jugoso en torno a su figura. Se rumorea que el personaje que Anna Faris interpreta en Lost in translation (2003, Sofia Coppola), una atolondrada actriz de cine que coquetea con el marido de Scarlett Johansson, está inspirado en ella. Recordemos que el director de Cómo ser John Malkovich es Spike Jonze, exmarido de Coppola. El rumor tenía tantos visos de ser real que tanto Faris como la directora se vieron obligadas a desmentirlo.

No fue su primer papel arriesgado. Al inicio de su carrera participó en pequeñas películas independientes como La última cena (1995) o Ella es única (1996), junto a Jennifer Aniston. Si algo caracterizó la primera década de su carrera es su capacidad para combinar con sabiduría los taquillazos con las películas independientes. Tampoco temía interpretar a personajes ponzoñosos, como la irritante e irritable novia de Very bad things (1998) o la despiadada Christina Pagniacci de Un domingo cualquiera (1999), de Oliver Stone. Otro ejemplo de su versatilidad: en 2000 derritió a la crítica con su interpretación de una profesora ciega en la delicada Cosas que diría con sólo mirarla, de Rodrigo García, a la vez que arrasaba en taquilla con la energética versión cinematográfica de Los Ángeles de Charlie.

La enésima novia de América encandilaba al público tanto en cintas escatológicas, como la gamberra La cosa más dulce (2002) como en Gangs of New York (2002), donde volvió a mostrar su talento para el drama al lado de Leonardo DiCaprio y Daniel Day Lewis. Su director, Martin Scorsese, la comparó con Carole Lombard: “Su mirada transmite tanta ligereza como dureza”.

En la más taquillera de sus producciones no necesitó exhibir su belleza, ya que sólo lucía sus cuerdas vocales: fue la voz de Fiona en la versión original de Shrek. “Hay madres que me dicen que escuchan mi voz 24 horas al día” declaró. La carrera de Diaz gozaba de un equilibrio envidiable. The Holiday (Vacaciones) (2006), una de esas confortables comedias románticas de Nancy Meyers en la que intercambiaba su vida con la de Kate Winslet, marcó el declive de su idilio con el éxito.

A partir de ahí pareció haber perdido su brújula para escoger proyectos y se embarcó en propuestas tan lamentables como Qué esperar cuando estás esperando (2012). Fue tan evidente que en 2014 Vulture se preguntó: ¿Por qué Cameron Diaz no puede hacer una buena película? “Tanto si las películas van bien (como No hay dos sin tres) como si llegan muertas a la taquilla (como Sex Tape. Algo pasa en la nube) siempre se puede contar con que recibirán malas críticas”, escribió Kyle Buchanan. “Si sigue haciendo malas películas, Hollywood empezará a perder interés en ella mucho antes que el público”. Sin embargo, fue ella la que perdió el interés por Hollywood.

Al menos hasta que su amigo Jamie Foxx la ha sacado del letargo. A finales de año Netflix estrenará su nueva película y su título no puede ser más adecuado: Back in Action (De vuelta a la acción). Cameron Diaz dejó el cine a los 40, cuando la mayoría de las actrices están en su mejor momento, y vuelve tras sumar 50, justo cuando, según nos han contado siempre, en Hollywood empiezan a escasear los buenos papeles. “Que cumplir años sea usado en tu contra solo perpetúa el mito de que lo viejo no tiene valor”, declaró hace unos años al Daily Mail. Nadie como ella para rebatir ese estigma.