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Sagasti: ¿el Kerenski peruano?

Un “momento leninista” en el marco de la pandemia

Seducidos por su sofisticación, su locuacidad y su erudito conocimiento de burócrata de ONG, la clase media tradicional (la mesocracia) y la generación Bicentenario han aplaudido, como en su día se hizo con Vizcarra, la elección de Francisco Sagasti como presidente de transición. Según el relato, una transición que se quiere equiparar a la de Paniagua, a como dé lugar. 

Pero Sagasti, a diferencia de Paniagua, es un político de vieja maña, en el buen sentido de la expresión. Ha demostrado que –a pesar de aquella expresión “no me tiembla la mano”– aún no se entera de que la política es también el arte de lo que no se ve. Maquiavelo decía que un príncipe debía ser temido antes que amado. 

Cuando digo que Sagasti puede ser el Kerenski peruano –y su gobierno, en vez de ser de transición, un gobierno provisional–, es porque todo el contexto político, social y económico nacional parece haber encallado en una “situación revolucionaria”, en la que los de “arriba ya no pueden mandar a los de abajo”. El momento “leninista”, en el marco de una pandemia que se tragó el PBI en dos dígitos. 

Como Kerenski en su día, Sagasti representa la alianza entre los kadetes (los liberales progresistas de hoy) y el socialismo revolucionario (lo que vendría a ser los caviares de hoy). Una alianza que parece endeble, en tanto no tenga el apoyo del inmenso pueblo llano. Créanme, las encuestas en la Rusia prebolchevique habrían inventado un respaldo mayoritario a Kerenski. 

El nuevo Ejecutivo no parece estar preparado para el Perú de estos días, en el que se pide un rápido auxilio y se exige orden. Pero el gobierno de Sagasti ha cometido la imprudencia de romper palitos con una Policía Nacional hasta ayer adorada y aplaudida por la mesocracia, pero hoy representa a los nuevos criminales. 

El Perú ancho, popular y ajeno de estos días reclama la atención del Estado de inmediato. Se han perdido empleos y se han hundido empresas; sin embargo De Belaunde, un kadete al fin y al cabo, no tiene mejor receta que intentar colocar la unión civil como punto principal en la agenda nacional. Así de inocentes son. 

Al modelo económico, que redujo la pobreza como jamás en la historia de la República y dio tanto presupuesto al “Estado calato”, no lo defiende nada ni nadie. Una gran parte del empresariado y la clase media tradicional (no la emergente) parecen avergonzarse de ser hijos del modelo; y sin rubor, codo a codo, marchan con los leninistas de siempre. Estos últimos saben bien lo que quieren. Lenin, que sabía de la inocencia de los empresarios, diría que estos venden hasta la soga con la que los colgarán.

No cabe duda de que la izquierda ha ganado la primera batalla por el relato. Si en el Perú hubiera, como en Chile, un partido comunista bolchevique que tiene la batuta, un Partido Socialista como allá –y no el Apra anticomunista de aquí– y ni qué decir de un Lenin, hace rato que la insurrección habría triunfado, a pesar de que el mundo popular peruano prefiera el capitalismo hayekiano. 

Sagasti no defenderá el modelo. Si no lo hacen los empresarios que alientan las marchas desde su Twitter, menos el Presidente. El modelo agrario, por ejemplo, ha superado a Israel y a California en varios productos de exportación; y hoy hay un empresariado difundido que cotiza en bolsa ,y no los barones del azúcar de la República Aristocrática.

Afortunadamente tenemos aquí una izquierda liderada por Vero y por Arana, y no tenemos a Fidel ni a Evo. Esos sí que saben. Tenemos también a Patria Roja, que está más preocupada en hacer crecer sus rentas a costa del profesorado de la Derrama. Y tenemos también una derecha mercantil dizque republicana, que perdió su contacto con el mundo popular pro mercado. 

La República que por primera vez rozó el sueño de libertad e igualdad, está a un paso de irse al abismo, si aparecen los bolcheviques de verdad. Y Sagasti, entonces, sería el próximo Kerenski.