Press "Enter" to skip to content

El vandalismo, el nuevo opio de los pueblos

Por Javier González-Olaechea Franco

Marx, casado con una señora muy acaudalada, leyó y escribió desenfrenadamente. Argumentó razones para explicar el origen de la pobreza y cómo ésta se transmitía y masificaba. Abanderados por Inglaterra y Alemania, países preferidos de estancia de Marx, la revolución industrial traía progreso y el mundo miraba con admiración el proceso esperando que fuera contagioso.

En efecto, el contagio llegó con innumerables inventos en las costas americanas. Marx sostuvo, entre tantos postulados, que una de las herramientas usadas por la clase pudiente para dominar al proletariado, era la religión, catalogándola como el opio de los pueblos. El marxismo y sus frondosas variantes, consideran aún también que la violencia es la partera de la historia.

Fuera de américa, nos hemos acostumbrado a ver cómo queman templos de todos los credos. El fundamentalismo religioso engendra su propia ira y despierta otras. A nuestra memoria viene inmediatamente la irracional prédica desde la fe única, absoluta y excluyente y sus violentas consecuencias.

Siendo católico y creyente de un sólo Dios, abrigo la unión de las principales religiones o credos en favor de un proceso ecuménico. Cristo, Brahma, Alá, Yahvé o Buda, cada uno con sus atributos divinos o creadores, deberían ser la fuente de una paz universal, porfiadamente esquiva.

Dejando de lado el acuerdo político y constituyente firmado recientemente en Chile, país mayoritariamente confesional, llamó poderosamente la atención la quema de iglesias como si la religión fuera allí, la causa o una de ellas, de no haber distribuido mejor la bonanza trabajada desde hace décadas. Los que protestaron tan violentamente quemando templos y cruces practicaron y conciben el vandalismo más crudo, insano e improductivo. También embistieron cantidad de pequeños negocios y espacios públicos. 

Se puede ser reformista y contundente desde la movilización más masiva y pacífica. Los ejemplos que abundan en la historia. Ante tal evidencia, ¿hubo algo de creativo y constructivo en las mentes de dichas turbas cuando arrasaron con todo o casi todo a su paso?. Nada, absolutamente nada.  

Primero, la propia muestra de intolerancia fundamentalista “laica” destruyendo lo que encontraba a su paso, comprometió y encogió el tesoro público para reparar los daños, y por ende, limita una mayor redistribución. Segundo, empujó al vacío la imagen de un pueblo que presumíamos que había superado la violencia desde su propia, reciente muy dolorosa experiencia. Tercero, quemar templos, incluso siendo ateo o agnóstico, es en pleno siglo XXI, la desvalorización y el desprecio absoluto por el otro. Si tanto reclamaban ser reconocidos, que comiencen por reconocer y respetar al prójimo creyente. Cuarto y finalmente, el daño moral ya causado a los niños es inmenso. Se les ha arrebatado la paz desde la más temprana infancia y se les ha inoculado la violencia generada por sus padres y hermanos como algo natural en un mundo gobernado por la videocracia. Si no todo, hoy la imagen determinante, fulminante. 

Todo sucedió en una sociedad que estaba muy por encima del promedio de la región en todos los índices de desarrollo humano. 

El vandalismo masivo no puede ser partera de ninguna historia digna de vivir y de contar. Es el descenso a lo más turbio y profundo del alma primitiva desde la mayor impunidad de la acción colectiva. Así, el desnudo vandalismo en Chile, probó ser un nuevo opio de su pueblo.