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El “riesgo cero”​ no existe

Quién no ha escuchado aquellos dichos populares como “hombre prevenido vale por dos” o “toda precaución siempre es buena”. Suenan muy bien, pero pueden no serlo tanto.

La prevención no es gratuita sino que importa costos de distinta naturaleza: En tiempos de la emergencia que vivimos, ello se expresa en costos materiales (mascarillas, guantes, elementos de desinfección, entre otros) y la perdida de bienestar por la privación o restricción de muchas actividades, o el acceso a bienes o servicios que nos resultan valiosos. Entonces es importante identificar si estamos ante un nivel óptimo de prevención.

Probablemente, lo primero que se viene a la mente es que la prevención óptima es aquella que logra hacernos indemnes a cualquier daño. Ello no es así. Para entender esto es necesario partir de una premisa básica, a saber, la indisoluble relación entre el nivel de daños y los costos de prevención.

Los individuos podemos ser infinitamente precavidos: En el caso concreto del covid 19, yo podría tener como prevención usar una mascarilla. Pero si quiero ser más precavido, podría usar mascarillas y guantes. Si aún quiero ser más precavido, podría usar un traje aséptico. Si quiero todavía más prevención, puedo dejar de tener contacto exterior y no salir de casa.  Y así, sucesivamente, puedo ser cada vez más y más precavido, infinitamente precavido. La pregunta es si ello, a un determinado punto, es eficiente.

Por el otro lado, tenemos el nivel o impacto de los daños. Si no tomo ninguna prevención, la potencialidad del daño es muy alta. Si progresiva y crecientemente voy adoptando medidas de prevención, este nivel de daños irá disminuyendo. Sin embargo, conforme incrementamos la prevención, el nivel del daño se reduce marginalmente en menor medida, hasta un punto en que un incremento marginal de la prevención no tiene efecto alguno en la mitigación de los daños. Dicho en pocas palabras, estaremos siendo “demasiado precavidos”.

En este orden de ideas, podemos concluir que, por mas inversión de recursos aplicados a la prevención, el riesgo cero no existe. Correlativamente, habrá que identificar el punto en que más prevención (con el costo que ello supone) tiene un efecto neutro en el nivel de los daños y, por tanto, resulta siendo un uso ineficiente de recursos, un desperdicio.

En las aulas, solemos utilizar el caso de los automóviles para ejemplificar en términos sencillos lo expuesto precedentemente. Podemos adoptar infinitamente sucesivas medidas de prevención cada vez más rígidas para reducir el nivel de accidentes de tránsito: Sin embargo, la única forma en que llevaríamos a cero el nivel de éstos, sería eliminando los automóviles, lo cual no estaríamos dispuestos a aceptar por lo altísimos costos implicados. De lo expuesto, debemos concluir que si queremos tener automóviles, tenemos que estar dispuestos a aceptar un cierto nivel de accidentes de tránsito.

Así las cosas -y llevando este modelo al caso concreto de la emergencia por el covid 19- el costo social de este evento está conformado por la suma de los daños ocasionados por la pandemia, los costos de prevención y el costo estatal de administrar las políticas públicas que se emplean para abordar este problema.  Este desarrollo teórico llevado al plano empírico puede ser especialmente útil para testear la eficiencia de muchas medidas que dicta actualmente el Gobierno para enfrentar la coyuntura.

La realidad nos revela que muchas medidas de prevención-sino la mayoría- reportan un altísimo costo (confinamiento, cierre de negocios, estándares de salubridad desorbitadamente elevados para reiniciar actividades económicas, restricciones de interacción y desplazamiento, uso de elementos de protección personal, entre otras tantas) que no reportan correlativamente una reducción en el nivel de contagio y/o muertes por covid 19. Si a ello le agregamos algunas variables adicionales asociadas, como el pobre nivel de acatamiento, la informalidad, la escasez de información, el nivel cultural, la infraestructura disponible, la corrupción a todo nivel -por mencionar solamente algunas- la  conclusión a la que llegaremos inexorablemente es que el costo social de la pandemia en nuestro país es extremadamente alto (más aún si lo analizamos comparativamente con otros países) pero no solo por el efecto mismo de la enfermedad, sino principalmente por el sobrecosto originado de la generación de costos ociosos de prevención e ineficiencias en la administración del sistema que no se traducen en modo alguno en una reducción marginal del nivel de malignidad de la expansión de la pandemia.

Una mala comprensión del modelo hace creer que con más medidas de prevención, se desterrará el covid 19. Lamento decepcionarlos: El covid 19 no se irá mientras no exista una vacuna que lo “saque del mercado” (como a los automóviles en el ejemplo antes descrito). Por tanto, deberemos enfocarnos a encontrar el óptimo del costo social de la pandemia que será aquel punto a partir del cual una inversión marginal en recursos destinados a la prevención no tenga efecto alguno en la reducción marginal del nivel de daños causados por el covid 19. Mas allá de ese punto, estaremos propiciando una caída en la eficiencia de la asignación de recursos; un desperdicio que asumimos todos.